Publicado: 2010-06-01 00:00:00
Desde la época de los Muiscas así han sido reconocidos los cerros tutelares de la ciudad ubicados al oriente y que de sur a norte se conocen como Boquerón de Chipaque, páramo de Chipaque, La Teta, Cruz Verde, Páramo Cruz Verde, alto Los Tunjos, Zuque, alto la Viga, Aguanoso , la Peña, Guadalupe, Monserrate, el Cable, Páramo el Verjón, alto Piedra Ballena, Cazadores, sierras del Chicó, Cuchilla Serrana, la Calera - San Rafael, el Chiscal, alto la Laguna, Pan de Azúcar.
Los Cerros Orientales de Bogotá tienen un área aproximada de 13.673 hectáreas, que se alzan en las localidades de Usaquén, Chapinero, Santa Fe, Candelaria, San Cristóbal y Usme. Forman parte de la Cordillera Oriental de los Andes, los hay con pendientes moderadas y fuertemente escarpados y su altura máxima alcanza los 3.600 metros.
Protegen la ciudad de los fuertes vientos de oriente y son generadores de fuentes hídricas entre otras los ríos San Francisco, San Agustín, San Cristóbal, Arzobispo y las quebradas Torca, Los Molinos, Yomasa, Bolonia, Fucha, contador.
De lugares sagrados de la cultura Muisca, cubiertos de exuberante vegetación e innumerables corrientes de agua, con la llegada de los españoles y la nueva civilización se convirtieron en sitios deforestados; más adelante su explotación para extraer la arena, piedra y gravilla para los construcciones de las viviendas de los nuevos residentes los convirtieron en sitios erosionados que cubrían grandes extensiones; después y ante la disminución de las tierras agrícolas fueron dividiéndose, especialmente los páramos, en pequeñas parcelas dedicadas al cultivo de papa.
Con la masiva migración de los campos a la ciudad a partir de la década de los cuarentas, fueron loteados por urbanizadores piratas y se inició su colonización indiscriminada, con la aparición de barrios subnormales; también se iniciaron a partir de los años sesentas las construcciones en sus laderas de viviendas estratos cinco y seis, cuya explotación urbanística continua cerro arriba.
En los últimos tiempos y ante la aparición sucesiva de normas del orden nacional, departamental y distrital, se vienen impulsando programas de recuperación que incluyen su reforestación con especies nativas, el retiro de especies invasores y su declaración como reserva protegida, cuyos procesos han sido lentos y han generado en la mayoría de los casos el enfrentamiento de las autoridades sobre las políticas que se deben aplicar para salvar este recurso natural de la ciudad.
Así podemos sintetizar la vida de los cerros de Bogotá, una historia de cambios en su gran mayoría no benéficos para su conservación y aún así siguen siendo los custodios y protectores de la ciudad de los vientos de oriente y generadores de fuentes hídricas.
Las civilizaciones y los cerros
Para los pobladores aborígenes los cerros encerraban el mágico contacto con sus deidades, en ellos se unían a la tierra como parte integral de la naturaleza. La defendían y adoraban porque de ellos brotaban las fuentes y corrientes de agua que bajaban por sus laderas y llegaban a los campos dando vida a la tierra que les proporcionaba sus alimentos, su sustento.
Sin embargo, la llegada de los españoles cambió radicalmente los lugares de culto de los aborígenes. Parte de la política de adoctrinamiento incluyó la construcción de templos sobre los lugares sagrados de los muiscas.
Monserrate, Guadalupe, Egipto, Belén y la Peña, sirvieron de escenario para imponer la nueva doctrina, en especial con la promoción y organización de peregrinaciones a los nuevos sitio de culto.
A medida que la ciudad fue creciendo también la explotación de los recursos forestales fue disminuyendo y durante todo el período de la Colonia, siglos XVI a XIX, los cerros suministraron el material combustible que requerían los nuevos habitantes.
En el libro Cerros de Bogotá editado por Villegas Editores se lee "La construcción de la ciudad colonial se logró con el aporte de los bosques de los cerros orientales, piedras, arenas, paja, maderas-‘Bosques enteros, aleñados a Santafé, fueron descuajados para proveer maderas ordinarias destinadas a la construcción. Se emplearon rollizas y con resistencias apropiadas para andamios, entramados, cerchas, enmaderado de los techos y como vigas de entrepisos'"
Continúa en su narración sobre los cerros orientales "La leña extraída de los cerros orientales era un producto de primera necesidad en Santafé. Era tal su importancia para el sustento de la ciudad que, en la primera mitad del siglo XVI se fijó un servicio obligatorio a las comunidades indígenas para aportar a la ciudad una cuota determinada en cargas de leña, que recibió el nombre de mita de leña".
Dado que todos los habitantes demandaban madera no sólo para la construcción, sino además para la incipiente industria (cerámica y pólvora) y por ser la única fuente calórica de la ciudad, pronto aparecieron comerciantes de la madera, quienes deforestaron indiscriminadamente los cerros orientales hasta bien entrado el siglo XX.

Así el paisaje hacia el oriente se convirtió en uno desolador en el que primaba la ausencia de árboles. A partir del siglo XIX se inicia la siembre de algunas áreas con eucaliptos y pinos, especies no autóctonas que ayudaron a desecar las fuentes hídricas.
A mediados del siglo XX la Empresa de Acueducto compra 7.000 fanegadas de los cerros orientales para proteger las cuencas de los ríos San Francisco, San Agustín y San Cristóbal y las quebradas Las Delicias y La Vieja e inicia algunas acciones para su reforestación.
Ahora bien, la permanente aparición de canteras y chircales durante todo el siglo XX, empeoraron las condiciones de los cerros orientales e incrementaron su erosión. Situación que sumada a la parición de barrios subnormales, provocan en período invernal deslizamientos y derrumbes que en muchas oportunidades han generado víctimas.
Los cerros representativos de la identidad de nuestra ciudad, han estado custodiándola y protegiéndola durante miles y millones de años y han formado parte de la cultura de la región a través de las distintas etapas de su historia. Con características geológicas especiales han sido el sustento de sus habitantes, por ello todos y cada uno de los bogotanos debemos colocar nuestro granito de arena en su preservación.
Si bien ya no queda nada de los otrora frondosos bosques, de su biodiversidad, de sus coloridas plantas, sus caminos naturales, sus cristalinas y caudalosas lagunas y ríos, con el apoyo a las políticas impulsadas por las distintas autoridades podremos recuperar lo que aún no hemos habitado. Así como durante siglos los maltratamos, deforestamos y erosionamos, así también debemos trabajar durante años para recuperar las áreas que aún podemos salvar.
Los cerros tutelares de la ciudad son nuestro patrimonio más preciado y debemos defenderlos, para gozar de sus alturas, de sus senderos y de su abrigo.
Mercedes Solano Plazas